Experiencia Erasmus en Matosinhos. Portugal.

Autor: Natalia Matías Rivero

Tras tres meses de incertidumbre y una larga y frustrante búsqueda de piso, me encontraba en mi primer día en Porto, una nueva ciudad, un nuevo país y un nuevo idioma. Aún acostumbrada al portugués, mi verdadero asalto era esa tarde, la quedada en la playa con los primeros Erasmus que habían llegado a la ciudad. Tendría que hablar en inglés, con personas que no conocía y de procedencias varias. Con mucho nervio y tras memorizar alguna frase, llegué a la playa, a aquel punto cerca del bar, que se acabó convirtiendo en rutina. Estaban allí, seis desconocidos que pocos meses después serían mi vida. Rápidamente pasaron los nervios, y aun sin entender mucho, y oyendo aún menos (el resto de Europa susurra), todos fuimos y nos arropamos sabiendo que estábamos allí, en la misma situación y siendo el único apoyo que teníamos.

Los primeros días continuaron del mismo modo, una ida y venida de lugares, de gentes. Conocimos la escuela en la Erasmus Week, que de un gran bufet paso a ser una clase de surf. La acogida fue increíble. Los ojos me brillaban y acompañada del abanico me enamoré de aquel lugar de jardín grande y soleado, de clases industriales y aunque un tanto grises, se iluminaban con los coloridos proyectos de los alumnos. El señor Alberto, el de la papelería, que cada día una charla nos regalaba. En la cantina, los pasteles de nata y los cafés, siempre eran la excusa perfecta para hacer un break.

Oporto, sus edificios, el Ponte de Don Luis I, el río, la playa, More, Parque das Virtudes o la Cordoaria. Lugares, que ahora ya son historias. Momentos, que bien pueden definir Erasmus.

Las clases, largas, con muchas horas de trabajo personal, de referencias, de preguntas. Los talleres e instalaciones siempre estaban a punto y a nuestra disposición. La asociación de estudiantes, nos brindaba la posibilidad de nuevas experiencias para compartir. Fiestas temáticas, puestos de arte o excursiones.

El sentimiento de familia que se generó es indescriptible, aprender a querer a personas que conoces de tan solo unos meses, y que encontrar a alguien de tu país fuera sinónimo de hermandad en la que todo el mundo era bienvenido.

Además, el poder enriquecedor que ha supuesto esta experiencia para mí, no solo ha involucrado a la escuela de Matosinhos, que mucho me ha enseñado. La parte más importante de este poder nace en la mezcolanza, en la apertura de mente, en las conversaciones con otras personas y en darte cuenta de que todos somos iguales en esa misma situación.

Erasmus son pedazos de otros que quedará eternamente en nosotros. Son los momentos, los recuerdos, sentimientos y lugares. Es una cápsula de idiomas, sonrisas, viajes, cervezas, comida, música, pero por encima de todo, de personas.

De personas que han hecho que el mundo parezca mucho más pequeño, que han hecho ver que para mí, la distancia es tan solo un vuelo. Y que desde entonces, siempre nos quedará Porto, siempre nos quedará Erasmus.

Fdo: Natalia Matías Rivero

Alumna de cuarto curso del Grado de Diseño Gráfico de la Escuela de Arte y superior de Diseño de Soria.

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